Es curioso cómo cuestiono mi actitud hacia ti,
aun sabiendo todo lo que hiciste.
Porque siempre quise ser yo:
a quien elegías,
con quien te quedabas,
para quien estabas.
Pero había situaciones y actitudes cotidianas,
que simplemente nos distanciaban.
Tú querías irte,
jurabas que lo necesitabas,
y yo seguía siendo la rara:
la que pensaba que no eras feliz más que cuando estábamos juntas,
que te veía triste cuando te alejabas,
que estaba segura de que yo te hacía falta,
que lo nuestro era distinto,
que no querías aceptarlo aunque correspondieras por miedo a la gente.
Nunca estuve tan segura de algo
como cuando te dije que te amaba
y que por ti habría hecho cualquier cosa.
También te dije que me iba a alejar
si no podía con lo que sentía.
Y no dolía solo no ser suficiente,
dolía entender
que nunca te importé tanto como para intentar quedarte.
Me fui envenenando sola,
con tus silencios,
con tus regresos a medias,
con esa costumbre tuya de aparecer
solo cuando te sentías mal.
Me cambiabas una y otra vez
mientras yo solo quería quedarme.
Incluso cuando menospreciabas lo que te daba,
lo que era para ti,
llegué a pensar que lo hacías
para convencerte de irte.
Pero eso también era una ilusión.
Quise creer que te fuiste por miedo,
que sí me querías,
que las cosas hirientes que decías sólo eran para alejarme,
porque de igual manera dijiste cosas con un profundo amor,
con una voz tan real
que no supe dudar.
Y ahí es donde me descubro:
sintiéndome especial,
pensando que un día vas a volver
y te vas a dar cuenta
de que a mi lado eras mejor.
Pero es lo que haces con todos,
No soy nadie para ti.
Los eliges, los llenas, los usas,
y cuando dejan de servirte, los abandonas.
Entonces lo entiendo:
Solo eras tú, siendo tú.
Y yo me creía la excepción.
Me aferro a la idea de que vas a volver
y que dirás que te equivocaste,
que nada volvió a ser igual sin mí.
Y con eso me torturo.
Mientras me repito que no debo verte,
que solo sabes manipular mi mente.
Y aun así, siempre vuelves.
Te quedas cerca,
como si nada.
¿Para qué vuelves
si nunca me quisiste?
¿Por qué no te vas y ya?
Si decías que no te gustaba esto,
¿Para que lo vuelves a buscar?
¿Por qué tan cerca de mí?
¿Qué haces aquí entonces?
Pero entiendo mi lugar.
Mi silencio.
Mi insignificancia.
Porque todo lo que haces me llena de ideas vacías y tontas,
de una ilusión enferma de que vuelves por mí y para decirme algo.
Así que me trago todo,
no te busco ya, ni reclamo.
Después de todo
no digo nada.
Porque sé que es un ciclo
que nunca termina
y siempre duele más de lo que alguna vez hizo feliz.
Entonces…
te vuelvo a bloquear.
