Saturadisima, envuelta en niebla mental.
Escuchaba y veía y todo lo demás,
pero se sentía apagada.
Era como una espectadora sin cuerpo que no puede participar.
Y las cosas se destruían a su alrededor
porque pasaba el tiempo aunque ella no estuviese lista.
Y todo se desmoronaba.
El ser le pesaba,
no como sensación física,
sino como hastío de la nada y de lo absurdo de todo.
Era una libertad aplastante y sin objetivo,
que la hacía sentir que en cualquier dirección
terminaría llegando al mismo lugar, sin ningun motivo,
que todo podría ser cualquier cosa y al mismo tiempo nada.
Lo más agobiante de todo era,
que aún así podría sentir que se había desperdiciado
y que ese anhelo insaciable de algo más,
terminaría en una frustración que se agota como el agua en medio del desierto,
como un último vaso desparramado en la arena
que se extingue en un momento con el calor del sol
y no deja huella de su existencia.
